Un grano de arena ha caído al suelo.
Y con él ha caído parte de nuestro mundo.
Un segundo ha bastado para representar tantas vidas y aleteos que no tienen nada que ver con el día que se estiró adormilado esta mañana.
490 gramos.
490 minutos de un día que a sacudidas ha zarandeado nuestra realidad.
Mi Alma no quiso esperar hasta marzo, hasta que los pétalos se pusieran el traje de un revuelo.
Semanas sobreviviendo dentro y ahora estaba condenada a morir, si, literalmente.
Así tan directo y tan aplastante como una pisada con toda la garra de un ensueño, nuestra vida parece otra, otra que no es la nuestra.
Una lucha a cuchilladas con el tiempo porque había ya fecha de caducidad.
Que me explique la tierra que piso cómo algo tan pequeño no puede habitar dentro de su morada y refugiarse en una caricia con sabor a arrumaco.
Y a su vez tampoco puede vivir fuera en un mundo tan hostil para ella. No está preparada aún para aferrarse al vigor de unos latidos taciturnos.
Un mundo en donde aún no sabes respirar, ni alimentar tu sabía, ni expulsar el aguacero.
¿Cómo obligar a una oruga a ser ya mariposa?
¿Cómo la pueden encadenar a una batalla sin cuartel ni armadura, con esa piel de cristal y sin cobertura?
¿Cómo ponerla al borde de un precipicio a punto de que pase cualquier cosa de la que mi comprensión no está preparada?
Quiero verla.
Quiero verla ya, ¡Por favor!
Quiero sentir que su corazón late.
Quiero sentir la primera vez que te veo, las respuestas a preguntas que no me han preparado para formular, los abrazos en deuda, esos achuchones que te debo y quiero darte.
Visto de interrogaciones los gemidos que quiero clamar a la deriva.
Un grano de arena ha caído al suelo, y este reloj de arena se vuelve incógnita. Se transforma en un arrecife de bofetadas que quiero sentir y no siento.
No se cuanto tiempo me queda y quiero verte ya, ahora mismo. Pararé el tiempo para mirarte en pausa e infinito.